Reseña Hokum: La maldición de la bruja

En Hokum, el director Damian McCarthy vuelve a explorar el terror psicológico desde el encierro y la perturbación mental, esta vez siguiendo a un escritor en crisis interpretado por Adam Scott.
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Autor: Agustín Campos

Lo que comienza como un duelo íntimo pronto deriva en una experiencia cada vez más extraña dentro de un hotel aislado, donde los límites entre lo real y lo sobrenatural se diluyen con rapidez. La película apuesta por una narrativa fragmentada, más interesada en incomodar que en explicar.

Hay algo innegablemente eficaz en su propuesta: la atmósfera. McCarthy construye tensión con pocos elementos, apoyándose en espacios claustrofóbicos, sonidos mínimos y una sensación constante de que algo no encaja.

En ese sentido, Hokum logra momentos genuinamente inquietantes, especialmente cuando se permite simplemente observar y sugerir, sin caer en sobresaltos fáciles ni explicaciones redundantes.

Desde su premisa —un escritor que viaja a esparcir las cenizas de sus padres— la película apuesta por un terror psicológico que mezcla trauma personal con folklore.

Primeras impresiones: una promesa inquietante que atrapa desde el inicio

Desde sus primeros minutos, la película instala una sensación de incomodidad constante. Hay algo en su ritmo pausado, en sus silencios y en la forma en que encuadra los espacios, que sugiere que nada está del todo en su lugar.

Gran parte de esa efectividad radica en cómo el director McCarthy maneja el espacio, convierte el hotel en una especie de “casa de muñecas” del horror: un lugar cerrado, controlado, donde cada pasillo, cada puerta y cada sombra parecen diseñados para incomodar.

La cámara se adhiere al punto de vista del protagonista —interpretado con notable contención por Adam Scott— y obliga al espectador a compartir su incertidumbre, generando una tensión que no depende únicamente del sobresalto, sino de una amenaza persistente.

Sin embargo, ahí donde la forma es precisa, el fondo se vuelve errático. Hokum acumula ideas —brujería, desapariciones, trauma familiar, incluso elementos casi absurdos como figuras de conejos— pero rara vez las desarrolla con coherencia. La narrativa se siente sobrecargada, como si cada elemento prometiera un desarrollo que nunca llega a concretarse del todo, dejando una sensación de dispersión

En ese punto, donde la película evidencia su mayor debilidad: el desperdicio de sus propios recursos dramáticos. La figura de la bruja, que debería ser el núcleo del horror, aparece más como una idea que como una presencia real; algo similar ocurre con el inquietante motivo del conejo —una de las imágenes más perturbadoras del film— que funciona visualmente, pero carece de un peso narrativo claro.

Ambos elementos, que podrían haber elevado la película hacia un terror más simbólico y consistente, terminan reducidos a guiños estéticos sin verdadero impacto.

¿Vale la pena verla en el cine?

Hokum: La Maldición de la Bruja

3.5/5

El resultado es un filme sólido, pero irregular en su ambición narrativa. Hokum demuestra que Damian McCarthy domina las herramientas del género, pero también que todavía hay una distancia entre construir imágenes inquietantes y dotarlas de verdadero significado. Y en ese espacio donde la bruja y el conejo quedan a medio camino es donde la película deja de ser memorable para volverse, simplemente, interesante.

Aun así, por la fuerza de su atmósfera y su trabajo sonoro, Hokum es una experiencia que gana en pantalla grande: vale la pena verla en cine, especialmente si se busca un terror que se sienta más que se entienda.