Dirigida por Rod Blackhurst, esta cinta de terror intenta capturar la esencia del slasher setentero —esa violencia incómoda y visceral que marcó clásicos como The Texas Chain Saw Massacre—, pero se queda atrapada entre el homenaje y la imitación, sin encontrar una identidad propia convincente.
Desde su premisa —una mujer secuestrada por una figura monstruosa que quiere “criarla” como su hija, la película establece un tono enfermizo que no hace más que intensificarse. Lo que comienza como una historia de supervivencia pronto se transforma en algo más perverso: un juego macabro de roles donde la maternidad se distorsiona hasta convertirse en una forma de violencia psicológica.
esta historia de una pareja que se interna en el bosque para un viaje romántico que pronto se convierte en pesadilla, se presenta como un regreso a lo básico: aislamiento, violencia y una figura monstruosa acechando en la oscuridad. Sin embargo, ese regreso se siente más como una repetición que como una reinvención.
El planteamiento es directo y efectivo. Macy y Chase —interpretados por Fabianne Therese y Seann William Scott— se adentran en la naturaleza con la promesa de un compromiso, solo para encontrarse con Dolly, una figura inquietante: una especie de maniquí humano de gran tamaño, con máscara de muñeca y una presencia que mezcla lo infantil con lo grotesco.

Primeras impresiones:
Desde sus primeros minutos, la película golpea con fuerza. Una escena inicial particularmente grotesca establece el tono: aquí hay sangre, mutilación y una intención clara de incomodar. Sin embargo, ese impacto inicial se diluye rápidamente.
Lo que comienza como una experiencia intensa termina cayendo en una repetición de situaciones cada vez menos efectivas, como si la película agotara sus mejores ideas demasiado pronto.
Blackhurst apuesta por una estética granulada en 16mm que busca evocar el cine exploitation de los años 70. Es una decisión acertada en teoría, pero inconsistente en ejecución, esa tensión entre lo retro y lo contemporáneo se siente en toda la película, como si nunca lograra decidir qué quiere ser realmente.
Además, construye su película sobre una serie de elementos reconocibles: la cabaña aislada, el asesino imparable, la protagonista obligada a sobrevivir en condiciones extremas. Pero en lugar de tensionar esos elementos o darles un giro propio, “Dolly” se limita a recorrerlos de manera predecible. Las escenas de persecución y violencia se suceden con una lógica casi mecánica, generando una sensación de repetición que diluye cualquier suspenso real.
Donde “Dolly” sí encuentra cierta solidez es en su dimensión más visceral. Las escenas de violencia son explícitas, incómodas y, en ocasiones, efectivas dentro de los códigos del gore contemporáneo. Pero incluso ese impacto pierde fuerza con el tiempo, en parte porque no está acompañado por una construcción narrativa que lo sostenga. Lo que queda es una sucesión de momentos brutales que no terminan de articular un todo coherente.
La interpretación de Fabianne Therese (Macy) emerge como uno de los pocos puntos de anclaje. Su personaje, aunque limitado por el guion, logra transmitir angustia y resistencia en medio de una historia que no le ofrece demasiado espacio para crecer. Es una actuación funcional, que cumple con lo necesario para mantener cierto nivel de implicación emocional, pero que no alcanza a elevar el material.

Narrativamente, “Dolly” tampoco logra sostener su premisa. La protagonista, Macy, comienza como un personaje razonablemente creíble, pero a medida que avanza la historia toma decisiones cada vez más absurdas, debilitando la tensión y haciendo que el relato dependa más de la conveniencia que del suspenso genuino. Incluso con una duración breve, la película se siente estirada, como si no tuviera suficiente material para justificar su propio metraje.
Al final, “Dolly” funciona como un intento fallido de instaurar una nueva figura dentro del horror contemporáneo. Tiene elementos reconocibles —una estética clara, un villano visualmente distintivo, momentos de impacto—, pero carece de lo esencial: una historia que justifique su existencia más allá del concepto.
Tiene momentos efectivos, imágenes perturbadoras y una atmósfera lograda por instantes, pero carece de la consistencia y profundidad necesarias para trascender su condición de pastiche. Es desagradable —y en cierto modo eso es un cumplido—, pero también predecible, dejando la sensación de que pudo haber sido mucho más que una simple réplica de sus influencias.
¿Vale la pena verla en el cine?
Dolly
Sí eres fanáticos del horror Gore, puede ser una propuesta atractiva y provocadora; para el resto, probablemente funcione igual —o incluso mejor— en un formato más íntimo, donde sus limitaciones no resulten tan evidentes.
Aun así, no es una película que dependa exclusivamente de la pantalla grande para funcionar. Si te atrae el terror crudo y sensorial, puede valer la pena vivirla en ese formato; pero si buscas una historia más sólida o profunda, probablemente no haga una gran diferencia dónde la veas.
“Dolly” llega a los cines en Chile este jueves 28 de mayo, sumándose a la cartelera con una propuesta de terror crudo y perturbador.




